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Helmut Newton – espíritu Erótico del S. XX

Helmut Newton – Espíritu erótico del Siglo XX

Hay quien considera a Helmut Newton el mejor fotógrafo de la historia, y el escritor J.G. Ballard le llamó “el mayor artista visual del mundo”. Frases tan contundentes están abiertas a debate, pero lo que es indudable es que fue el fotógrafo que mejor supo cristalizar las fantasías eróticas del siglo XX. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como Vogue, Elle, Paris Match, Vanity Fair, Stern, der Spiegel… Y Playboy (de forma poco sorprendente, fue amigo personal de Hugh Hefner). Se han realizado centenares de exposiciones de sus fotos en las mejores galerías del mundo, y en 2004 se abrió un museo en Berlín dedicado íntegramente a su obra.

Newton fue el gran retratista de la sofisticación erótica, el lujo, el glamour, la ropa de marca y los tacones de aguja, no tanto por el fetichismo en sí de los zapatos (aunque ha fotografiado maravillas de Louboutin oManolo Blahnik) como por la forma en que realzan el cuerpo femenino. Sus modelos habituales fueron mujeres altas y elegantes, de cuerpo perfecto y actitud altiva y dominante. Sus fotografías, casi siempre en elegante blanco y negro, tienen una sensibilidad extraña e inconfundible, algo onírica (el deseo imponiéndose a la realidad), perversa e ingeniosamente cruel, de un humor cínico y materialista. Sus mejores imágenes son auténticos cuadros de una composición cuidadísima y meditada: su famoso autorretrato frente al espejo en que también aparece su esposa June es puro Velázquez hecho fotografía.

Un fotógrafo de este calibre no podía faltar en Jot Down y desde la admitida parcialidad que me da ser fan fatal de Newton, espero hacerle justicia en este artículo.

”En su cabeza solo hay chicas y fotos”

Si viviera como la gente de mis fotos, hubiera muerto hace años”. Helmut Newton

El recuerdo más antiguo de Helmut Newton es ver una mujer semidesnuda mirándose en un espejo. Era su niñera, a la que recuerda cambiándose para salir de fiesta cuando el pequeño Newton (nacido Neustaedter) tenía tres o cuatro años: su primera fotografía mental y ya incluye una mujer en ropa interior.

Si tenemos que creer lo que Newton cuenta irónicamente de sí mismo, fue un niño llorón y malcriado. Nació en 1920 en el seno de una familia judía berlinesa, rica gracias a una próspera fábrica de botones. Vivió una infancia tranquila, peleándose con su hermanastro y dejándose cuidar por una madre sobreprotectora que le peinaba a lo paje y le vestía con ropa de niña (casi me parece oír a los lectores freudianos frotándose las manos).

En un intento de masculinizar a su hijo, el padre de Newton intentó apuntarle a varios deportes, pero lo único que funcionó fue la natación: el pequeño Helmut se convirtió en un nadador consumado. El principal entretenimiento que encontraba en la piscina era contemplar a las chicas (“los cuerpos de las nadadoras siempre tienen una maravillosa redondez, una gran belleza”): Helmut dedica unas cuantas líneas de su autobiografía a los pezones erectos que se adivinaban a través de sus bañadores mojados.

La primera vez que Helmut Newton cogió una cámara fue en 1932, con doce años, cuando compró con sus ahorros una Agfa Tengor Box. Con más ilusión que conocimiento gastó un carrete casi entero en el metro de Berlín y se guardó la última fotografía para lo primero que vio al volver a la superficie: la torre Funkturm. Esa foto fue la única que salió de ese carrete, está bastante bien encuadrada (“al estilo de Moholy-Nagy”, escribe) y Helmut la tiene en suficiente estima como para incluirla en sus recopilatorios.

Su ingenuo sueño de adolescente era ser un intrépido reportero, un fotógrafo de guerra o un investigador privado: probablemente una mezcla de los tres. En 1936 fue expulsado de la escuela por su pésimo rendimiento (“en su cabeza sólo hay chicas y fotos”, repetía a menudo su padre), y poco después entró como aprendiz en el estudio de la fotógrafa berlinesa Yva.

Newton recuerda a Yva con cariño y admiración. De ella aprendió a ser minucioso y detallista en la composición de las imágenes: Yva tenía una cuadrilla de ayudantes que preparaban según sus indicaciones todos los detalles de la escenografía de una foto. Helmut aprendió también las técnicas de revelado, retoque de negativos y positivado: en esa época había que fabricar el líquido revelador mezclando sacos de productos químicos, tarea pesada pero a la que Newton se aplicó con ganas.

Helmut intentaba impresionar a una de las ayudantes de Yva, una joven de 21 años ex alumna de la Bauhaus por la que se sentía muy atraído sexualmente. Esta chica llevaba siempre monóculo, que a partir de entonces pasó a ser un complemento erótico del imaginario newtoniano. Décadas más tarde, el Helmut adulto llevará siempre un monóculo en su bolsa para pedirle de vez en cuando a alguna de sus modelos que se lo ponga, quizá asaltado por la nostalgia. La famosa foto de Paloma Picasso con monóculo sería un buen ejemplo: a Newton le gustaba tanto como para querer que fuera portada de su revista Helmut Newton’s Illustrated, y si renunció a ello fue por petición expresa de Paloma, que detestaba esa imagen.

Pero volvamos a finales de la década de los treinta en Berlín, donde se fraguaba una tormenta de sangre mientras Newton desarrollaba sus dotes de ligón. Las leyes raciales de Nuremberg habían perjudicado ya a la familia Newton: el padre tuvo que renunciar a dirigir su fábrica de botones en favor de un administrador nazi, y el joven Helmut estuvo a punto de causar la ruina a toda su familia al coquetear con muchachas arias. Tras la Kristallnacht de 1938 se hizo evidente que la huida no podía aplazarse más, y la familia Newton gastó sus últimos ahorros en el impuesto-soborno que los judíos debían pagar para salir del país. Helmut fue embarcado en un vapor rumbo a China, con poco más que una Rolleicord con la que esperaba ganarse la vida.

Lya moriría en Auschwitz años después: no quiso salir de Berlín hasta que fue demasiado tarde. La familia de Newton conseguiría huir a Sudamérica, pero Helmut no volvería a verlos nunca más.

Newton desembarcó en Singapur la Nochebuena de 1938, contratado como fotógrafo del Singapore Straits Times. Allí duró bien poco: cuando le enviaban a cubrir cenas y eventos de sociedad tardaba tanto en encontrar la escena perfecta y montar su cámara que a menudo la fiesta terminaba antes de que hubiera disparado una sola foto. Permaneció un par de años en Singapur como mantenido (él usa la palabra “gigoló”) de una divorciada llamada Josette, y luego siguió su camino hacia Australia.

Allí pasó unos años tranquilos gracias a su fugaz paso por el ejército. En 1946 el Gobierno australiano le concedió la nacionalidad: aprovechando la circunstancia y para favorecer su ambición de convertirse en un fotógrafo famoso, se cambió el nombre de Neustaedter a Newton. Abrió un pequeño estudio de fotografía en Melbourne, y allí conoció a una guapísima actriz que le hizo de modelo y con la que se entendió desde el primer día: se llamaba June Browne, y en 1948 se convertiría en June Newton. El suyo sería un matrimonio feliz y sensato, y a pesar de sus altibajos duró hasta la muerte de Helmut. A la larga June dejó su trabajo de actriz y se reinventó como fotógrafa de éxito bajo el pseudónimo de Alice Springs: a quien tenga curiosidad le recomiendo no sólo curiosear sus fotografías sino también su extrañamente magnético documental Helmut by June.

Vestida/Desnuda

El romanticismo es muy bonito… Pero no lo quiero en mis fotografías”. Helmut Newton

En 1957 Newton firmó un contrato para trabajar en el Vogue de Londres: Helmut recuerda esa etapa como una época estéril, fracasada y económicamente ruinosa. Dos años más tarde entró a trabajar para Jardin des Modes, en París, y quedó totalmente fascinado por la ciudad. Durante días se dedicó a observar a las prostitutas de la Rue Saint-Denis, en las que reconocía “un talento innato para la moda que se reflejaba en las elegantes ropas que se ponían para atraer clientes”: años más tarde sacaría algunas fotos inspiradas en ellas.

En 1959, al ver estancada su carrera, volvió a Melbourne a trabajar para el Vogue australiano. Hubiera tenido allí el futuro asegurado, pero sabía que no era en Australia donde un fotógrafo de moda podía hacerse realmente famoso… Así que en 1961 volvió con June a París con los bolsillos vacíos, viviendo precariamente pero feliz. Su apuesta le salió bien: consiguió un empleo en el Vogue parisino y empezó la etapa más fructífera y creativa de su carrera. Su vida se convirtió en un continuo ir y venir entre Nueva York, Milán, Berlín y París.

En 1971 sufre un ataque cardíaco en Nueva York que está a punto de costarle la vida. En el hospital le pide a June una cámara compacta ligera (lo único que puede sostener) y pasa su convalecencia sacando instantáneas de médicos, pacientes y de su propio proceso curativo. A partir de ese ataque Newton empieza a preocuparse más por su legado y a sacar fotografías para sí mismo, no ya puramente por encargo, un proceso que le llevaría a publicar sus propios libros de imágenes a partir del fundacional White Women de 1976, un éxito inmediato.

A principios de los ochenta empieza a fotografiar desnudos integrales. Big Nudes es una serie de fotografías de cuerpo entero a gran formato inspiradas por los carteles de búsqueda y captura de la banda armada Baader-Meinhof: es uno de los raros ejemplos de fotos de estudio de Newton y una serie fascinante que ha sido expuesta en múltiples ocasiones. The naked and the undressed fue otra serie de fotografías que no llegó a culminarse por su extrema complejidad técnica, pero que ha dejado alguna de las imágenes más famosas de su carrera: son parejas de fotografías en que las modelos aparecen vestidas con ropa de lujo y completamente desnudas en exactamente la misma postura. El díptico Sie Kommen representado más arriba muestra a cuatro modelos llevando (y no llevando) ropa de Karl Lagerfeld, y alcanzó el récord de precio de una fotografía en subasta al venderse el 2009 por 662.000 dólares.

En 1981 Newton y June se mudaron de París a Montecarlo, con el objetivo declarado de pagar menos impuestos. Más o menos en ese punto detiene Newton su autobiografía: “hablar de los éxitos propios, grandes o pequeños, carece de interés para el lector: de lo que trata este libro es de cómo llegar allí”. Lo cierto es que en Montecarlo comenzó su etapa más plácida y a la vez más activa artísticamente: allí vivió durante el resto de su vida, aunque pasó largas temporadas en Los Ángeles, en busca tanto del clima como de su ambiente decadente (“adoro L.A., adoro Hollywood, pero odio San Francisco: pretende ser una ciudad europea y culta y la verdad es que a mí no me importa una mierda la cultura”).

Newton siempre sintió una gran pasión por los coches caros: en 1946 se gastó hasta el último dólar ganado en el ejército en un Ford V8; en 1964 dilapidó los beneficios de un largo trabajo fotográfico en un Bentley; en 1987 sacó alguna de sus fotos más sensuales en el garaje de un Cadillac… Es apropiado en cierta manera que muriera al volante de un Cadillac, estampándose contra un muro (al más puro estilo Crash) del Sunset Boulevard de Los Ángeles, al salir del Chateau Marmont en que tantas fotografías realizó.

 Moda, erótica y portraits mondains

Nada ha sido retocado, nada se ha alterado digitalmente. Fotografié lo que vi”. Helmut Newton

Newton fue uno de los últimos grandes fotógrafos analógicos y, hasta cierto punto, artesanales. Estuvo rodeado de un equipo impresionante de estilistas, peluqueros, maquilladores y modelos, pero para la fotografía en sí misma sólo contaba con un ayudante, un par de buenas cámaras (su favorita, una Hasselblad) y un flash adaptable. Trabajar en analógico implica recurrir a alguno de los mejores positivadores del mundo, un trabajo excéntrico del que muy poca gente es capaz. Con ellos Newton mantuvo una relación de amor-odio-necesidad que obligó más de una vez al altivo Helmut a tragarse algún sapo y mostrarse humilde.

Newton planificaba cuidadosamente la escena durante dos o tres días, sacando polaroids para visualizar el resultado, y luego gastaba apenas un par de carretes en las fotos definitivas. Cuenta una modelo en el documental Frames from the Edge que la sensación durante una sesión es la de una ola a punto de romper: durante las primeras fotos va subiendo la energía, y justo antes del clímax toma la imagen definitiva y congela ese instante en el tiempo.

Newton se diferencia así de otros grandes fotógrafos como Nobuyoshi Araki: lo que en Araki es actividad maníaca e improvisación, en Newton es ensayo pausado y preparación meticulosa. Incluso las imágenes aparentemente más espontáneas llevan detrás un duro trabajo de horas en que hasta la más mínima posición del cuerpo de la modelo ha sido planificada. “La gente en mis fotos ha sido “colocada” como sobre un escenario; sin embargo mis fotografías no son falsificaciones, sino que reflejan lo que veo de la vida con mis propios ojos”, escribe Newton.

Por ese motivo Helmut siempre tuvo problemas al fotografiar actrices: quien viene del mundo del cine tiene tendencia a improvisar, mientras que Newton es el micromanager definitivo. Por ejemplo las fotos con Sigourney Weaver representaron en principio un choque de trenes (o de egos, más bien), hasta que la actriz se dejó llevar por Newton con el razonamiento de que al fin y al cabo a un cirujano no le diría cómo hacer las incisiones.

Cada fotografía de Newton contiene una historia concentrada, como el fotograma de una película cuya narrativa se despliega en unos pocos segundos de observación (los que pueda dedicar un distraído lector que tope con sus fotos en una revista). Los maniquís, cadenas, esposas, prótesis o demás adminículos no son más que elementos externos que añade para sumar riqueza narrativa a la escena, proporcionando a la imagen diferentes niveles de lectura.

El escenario hace hablar al sujeto fotografiado y es casi siempre un ingrediente clave de la imagen. Salvo unas pocas excepciones notables, Newton huye de los fondos blancos de estudio (“las mujeres no suelen vivir ante una sábana blanca”). Tampoco le gustan los escenarios exóticos: prefiere localizaciones que estén como mucho a quince minutos de su casa o su hotel (es conocida la historia del canciller Kohl, al que en lugar de retratar en su despacho como estaba previsto hizo salir al parque cercano hasta encontrar un árbol que le sirviera de fondo). Este ánimo de buscar “el misterio en lo cotidiano”, por usar sus propias palabras, llegaría a su extremo en la serie Domestic Nudes, en que los escenarios en que fotografió a sus modelos fueron apartamentos vulgares y corrientes.

En su estudio de la rue Abriot Newton tenía sus fotos clasificadas en tres archivadores, con los rótulos Moda,Erotica y Portraits mondains. Y es que el grueso de su trabajo fue de fotografía erótica, de modas o publicitaria, pero también fue un gran retratista, capaz de capturar la esencia del retratado: Catherine Deneuve, Monica Bellucci, Salvador Dalí, David Lynch, Isabella Rossellini, Anthony Burgess… Newton se quedaba desconcertado cuando le decían que sabía captar el alma de sus modelos. “Sólo fotografío un cuerpo, una cara, unas piernas”, contestaba el materialista definitivo. Pero ah, la cara es el espejo del alma, y es posible leer el carácter de alguien en la expresión de su rostro…

Cuando le preguntaron a qué personalidades prefería retratar, Newton contestó “a aquellos que amo, a quienes admiro y a quienes odio”. Esta filosofía ha permitido que un judío perseguido por los nazis haya fotografiado aLeni Riefenstahl o al mismísimo Le Pen posando con sus perros…

Porno chic: los ricos también follan

Las fotografías de Newton son fotogramas de una elegante película erótica, tal vez titulada Medianoche en la Mansión o Tardes en Super-Cannes, una película virtual que nunca se ha proyectado en ningún cine sino en el interior de nuestras mentes durante los últimos cuarenta años”. J.G. Ballard

Durante la sexualmente despreocupada primera mitad de los setenta el cine porno vivió una breve edad de oro, bautizada por columnista del New York Times Ralph Blumenthal como la época del “porno chic”. En esos años se puso de moda e incluso resultó socialmente aceptable comentar cual crítico sesudo películas softcore comoGarganta Profunda, Historia de O, Emmanuelle o Tras la puerta verde. Con un guión relativamente elaborado y una producción más cuidada de lo habitual, estas películas no sólo abrieron brevemente la puerta de la (relativa) respetabilidad al porno, sino que llenaron unos cuantos bolsillos: Garganta Profunda costó apenas 25.000 dólares y ha recaudado más de cien millones.

Varios astutos comerciantes tomaron nota de que el sexo no solamente era un buen negocio, sino que no tenía por qué ser sórdido, minoritario o low brow: el erotismo burgués (y en ocasiones algo kitsch) se vende bien, o por decirlo de modo más abrupto, los ricos también follan. Un clima perfecto para que a fotógrafos como Guy Bourdin o Helmut Newton se les permitiera introducir desnudos cada vez más explícitos en sus obras, una tendencia que se ha mantenido hasta nuestros días con Tom Ford, el hipersexual (y adorable) Terry Richardson o tantos otros.

Lo cierto es que la etiqueta de “porno chic” se ajusta a las fotografías de Newton como anillo al dedo (aunque sólo retratase sexo explícito en cierta ocasión con una pareja swinger de San Francisco). Newton siempre se sintió cómodo retratando de forma sensual y nostálgica los símbolos de la vieja Europa: muchas de sus imágenes eróticas y escenarios recuerdan al Berlín burgués, claroscuro y decadente de los años 30. Calles de barrios señoriales iluminadas por farolas, apartamentos de Hollywood, piscinas de la Riviera, mansiones aristocráticas, viejos hoteles de lujo cargados de historia (como el Nord Pinus II, que sirvió de fondo para la famosísima sesión de fotos de Newton conCharlotte Rampling)…

En alguna ocasión Newton comentó que los diseños de Yves Saint Laurent representan lo que le gusta en las mujeres: “elegante, deseable, sensual, con mucha clase y acostumbrada al lujo”. Sin embargo, es inevitable ver en alguna de sus fotos (por ejemplo la que muestra a una modelo totalmente vestida con ropa de marca y tacones en una playa llena de domingueros) una burla autoirónica, un ramalazo de humor negro dirigido a la vanidad de la moda.

Newton nunca se molestó en ocultar su gusto por el lujo ni se avergonzó de su fortuna: en cierto sentido fue el fotógrafo capitalista por excelencia. No le atrajeron nunca los museos ni se preocupó por si sus fotografías podían considerarse artísticas o no: es famosa su sentencia “en mi diccionario la palabra ‘arte’ es una palabrota”. Tampoco se interesó por el mundo de la alta cultura o la crítica fotográfica (“un fotógrafo debería ser como un niño bien educado: se le ve pero no se le escucha. Una fotografía no necesita explicación”). Consecuentemente, siempre prefirió que le pagasen revistas de moda o publicistas que recibir dinero de becas o subvenciones. Además, trabajar para este tipo de clientes durante casi toda su vida le permitió acceder a modelos guapísimas para sus propias fotografías (es inolvidable la escena del casting fotográfico que puede verse en Frames from the Edge).

En sus últimos años dejó de lado el mundo de la moda, cada vez más pacato (especialmente en Estados Unidos) y menos proclive a permitirle aventurerismos. “Hoy en día las revistas de moda no tienen sentido del humor”, dijo. No le faltaba razón.

Belleza, peligro, seducción… y feminismo

Una mujer que sea una débil florecilla, que no sea inteligente, fuerte y asertiva… Me parece poco interesante, por decirlo suavemente. Me gustan las mujeres fuertes”. Helmut Newton

En un incendiario artículo en la revista Emma, la feminista alemana Alice Schwarzer acusó a Newton de misoginia, racismo, explotación de las mujeres y fascismo. “¡Gilipolleces! Amo a las chicas”, contestó Newton tajante. No siento demasiada simpatía por Schwarzer, abanderada del movimiento antiporno y de una cierta cruzada moral contra el desnudo: siempre me he sentido más cercano al feminismo sex-positive de Camille Paglia o Annie Sprinkle. En cualquier caso, lo que me disgusta de las críticas a Newton de gente como Schwarzer es la incapacidad para percibir una obra de arte más allá de los propios prejuicios.

Para empezar: a Newton, como a casi todos los grandes artistas, siempre le gustó ser un tocapelotas. O dicho de otra forma, buscaba conscientemente presentar sus imágenes como actos de provocación social que rompieran los límites de la fotografía de moda tradicional. Muchas de sus fotos tienen un componente violento, cruel, voluntariamente chocante, en ocasiones surreal y barroco, como si hubieran sido tomadas durante un sueño lúcido en que nada es real del todo ni debe tomarse demasiado literalmente (según J.G.Ballard, Newton está más cerca de Magritte que de Cartier-Bresson).

Quizá lo más molesto de algunas críticas a Newton es su falta de sentido de la ironía, que se convierte en incapacidad de entender chistes visuales como la famosa fotografía de la modelo calzada con una silla de montar de Hermès. Se equivocan quienes ven ahí un planteamiento filosófico machista o una venganza misógina, y ni siquiera es necesario defender la fotografía haciendo referencia al fetichismo o a los juegos eróticos consensuados (esa foto fue homenajeada en Secretary). La imagen es más sencilla: es un chiste, una subversión erótico-festiva con un punto surreal similar al de la famosa foto newtoniana de la mujer devorada por un cocodrilo (escena de un ballet de Pina Bausch, por cierto).

Ya hemos comentado que las imágenes de Newton son fotogramas de una película cuya presentación y desenlace aporta el cerebro del espectador: la fotografía no incluye ningún juicio de valor aparte del que proyecte sobre ella quien la mira. La potente fotografía de una modelo poniéndose una pistola en la boca (inspirada en una amiga de Newton que se apuntó con un revólver-mechero haciendo el tonto) no es una incitación al suicidio: somos los espectadores quienes interpretamos la imagen, le damos una historia a la chica y nos preguntamos qué la habrá puesto en esa situación.

Hay quien ha visto en las mujeres de Newton, orgullosas de su cuerpo perfecto y su belleza, un retrato de la cambiante femineidad post-feminista segura de sí misma. Estén vestidas o desnudas, se muestran a menudo fuertes, dominantes, en control de sí mismas y del entorno que las rodea. Los modelos masculinos que las acompañan son retratados casi siempre como figuras secundarias, débiles, impotentes o al menos a la merced de la hembra alfa con quien comparten encuadre: si las mujeres newtonianas son “objetos sexuales”, no lo son al servicio del hombre. Poder, belleza, peligro, seducción: emociones fuertes para mujeres fuertes, femmes fatales dueñas de su propia sexualidad.

A menudo se menciona también el papel de Newton y June como pioneros de una cierta fotografía erótica de calidad, abriendo a muchas mujeres fotógrafas un camino antes vedado. Ellen Von Unwerth fue modelo de Newton hasta convertirse en autora de turbadoras y tórridas fotografías, y es fácil reconocer en las muy sensuales imágenes en blanco y negro de Bettina Rheims la (reconocida) influencia del maestro.

En realidad el feminismo sex-positive tiene un buen motivo para estar agradecido a Newton: liberó el desnudo femenino del más bien sórdido reino del pornógrafo, probando que el erotismo puede tener glamour, clase y elegancia.

El libro más caro del siglo XX

Si considerase lo que le gusta al público nunca sacaría una sola foto. Lo que hago es para complacerme a mí mismo”. Helmut Newton

En 1997 Benedikt Taschen convoca a Newton a la oficina de su editorial en Los Ángeles para proponerle un faraónico proyecto. Al entrar allí, Helmut se queda con la boca abierta al toparse con la maqueta de un libro gigantesco, de casi un metro de altura, que debería contener casi quinientas de sus mejores fotografías reproducidas a la máxima calidad posible. Newton se siente halagado y un tanto desconcertado; June se enamora de la idea y adivina sus posibilidades; Benedikt está convencido (y con razón) de que un macrolibro así se convertirá en el bombazo que aseguraría el futuro de su editorial. Un par de brindis más tarde se firman los contratos necesarios.

Dos años de ingente trabajo más tarde, el inmenso libraco se presentó con el título de SUMO en la feria Art Basel, culminando el que probablemente haya sido el proyecto más faraónico de toda la historia editorial. Finalmente el monstruo tuvo 464 páginas, midió 50×70 cm y pesó 35.4 kg de peso: cada ejemplar venía acompañado de un enorme atril metálico (diseñado, cómo no, por Philippe Starck) para poder sostener el libro abierto. Helmut Newton firmó a mano cada uno de los diez mil ejemplares, un proceso que le ocupó todas las mañanas de unos cuantos meses y que recuerda como bastante pesadillesco… Aunque no fue nada en comparación con los quebraderos de cabeza que le trajo supervisar la positivación de las imágenes a ese elefantiásico tamaño.

El esfuerzo mereció la pena: el libro se agotó enseguida a pesar de sus precios desorbitados, y puede encontrarse hoy en día en gabinetes de arte, galerías y museos como el mismísimo MoMA de Nueva York. Un ejemplar de SUMO firmado por cien de las celebridades retratadas en sus páginas se convirtió en el libro más caro del siglo XX al ser vendido por 430.000 dólares durante una subasta benéfica berlinesa en el año 2000. En el momento de escribir este artículo puede encargarse un ejemplar por apenas 9.900 dólares en Amazon: ¡daos prisa en comprarlo, millonarios lectores, y luego patrocinadme, que no me vendría mal un mecenas!

Diez años más tarde, ya con Helmut muerto, June autorizó y supervisó una reimpresión con las mismas fotografías pero a menor tamaño (26.7 x 37.4 cm) y a un precio más democráticamente asequible, alrededor de los cien dólares. Regalé un ejemplar de ese mini-SUMO a mi pareja por su cumpleaños, y actualmente tiene un rincón privilegiado en el comedor de nuestra casa. Cada vez que pasamos por delante abrimos al azar una de sus páginas y pasamos un buen rato en la agradable compañía de David Bowie, Nastassja Kinski, Grace Joneso centenares de modelos guapísimas cuya elegante belleza servirá perfectamente para despedirme de los lectores hasta el siguiente artículo…

Fuente: Josep Lapidario

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Philip Pearlstein / From Robert Hughes

Philip Pearlstein@

The Philip Pearlstein retrospective now at the Brooklyn Museum [review published in 1983], curated by Russell Bowman, is a dense and satisfying show. Pearlstein’s work has not lost its episodic power of surprise: one tends to feel more familiar with it than one is. What is so new about a nude in a room, done over and over again? Quite a lot, in fact. Pearlstein is by now a fixture of the museums and art history books. He is fifty nine this year, and probably did more to «break the ice» for realist painting in America than any other artist of his generation. What is on the walls in Brooklyn embodies a struggle with convention as tenacious as any in modern American painting.

As Irving Sandler remarks in his catalogue essay, Pearlstein «resumed what an avant garde some three quarters of a century earlier had proclaimed to be academic» modeled painting of the naked human body. The studio nude, posed, had been the very protein (or, to its detractors, the basic starch) of Salon painting from Ingres to Bouguereau. It was thrust into eclipse by Impressionism because it carried an aura of the posed, the stagy, the allegorical, and Post Impressionism finished it off. The nude became a casualty of the means painters chose to assert their pictorial honesty: the near religious cult of flatness. The intricate bumps and hollows, bosses and knots and smooth rotundities of the body’s landscape were generalized down to patches. By the start of Pearlstein’s career, in the ebb tide of Abstract Expressionism, the very idea of rendering the posed body in a room seemed absurd; it required the most taboo act known to late modernism, making a spatial illusion, turning the flat plane into a window.

Taboos are made to be broken; one sees today why Pearlstein was interested in an artist so totally unlike himself, the Dadaist Francis Picabia, who conceived his work as a constant affront to received taste. Painting the studio nude, Pearlstein declared allegiances very different from those common in the New York art world of the late fifties. In neither hedonism nor irony nor self expression, he wanted to go back and start from Gustave Courbet, painting the naked body in a spirit of detached, colloquial reportage, as though all the proscriptions against figure painting had lost their magic. To suppose this was not a radical act, one would need to know very little about the pressure of ideology and convention in the New York art world of the time. Realist figurative painting was as unpopular then as abstract art is now.

Pearlstein’s «look,» with its tallowy largesse, its peculiar blend of remoteness and intimacy, did not appear overnight. In the early fifties his paint was as roiled and heavy as any young abstract painter’s: his interest in Picabia’s machine body images shows in a 1950 Painting of a scrawny nude being attacked by a bathroom shower, and there is even a sign of Pop imagery to come, in a 1952 painting of Superman, blue chinned as a mafioso and bulgy as the Laocoon (to which his pose refers), flying over the pinnacles of Metropolis. But by the mid fifties Pearlstein had begun to concentrate on landscape, and the basic motifs of his later work were beginning to emerge. There are studies of rocks and cliffs in this show, plain mineral matter pushed against the eye, whose closeness and rotundity, cracks and fissures uncannily predict the nude bodies Pearlstein would be scrutinizing twenty years later. But, he later remarked, he chose them because they looked like Abstract Expressionist compositions. For a while he stayed with landscape, painting it in Italy the sun inflamed bricks of Roman ruins, the cliffs at Positano running like wax in a controlled chaos of juicy brush marks paying the necessary homages to de Kooning and, further back, to Soutine’s landscapes at Ceret. Then, on his return to New York City in 1959, he concentrated on the human figure and, with a few exceptions (paintings of the Canyon de Chelly in Arizona, done in 1975, a few cityscapes of lower Manhattan from a Greenwich Village high rise, among others), ignored the outdoors thereafter. What he wanted was something perfectly controllable, a situation rigged by choice, a setup: a hired anonymous figure under floodlights, in a room.

For Pearlstein’s idea of realism had nothing to do with the conventional picture: an artist plants his easel before a scene and transcribes it as best he can. On the contrary, he wanted the rules of the game to be apparent. This meant declaring the artifice of pose, cropping, lighting and visual angle, as conscious elements of subject. Nothing about the final image would seem «found»; if a leg cut the corner, of the canvas at forty five degrees, that was because Pearlstein wanted it to, not because the model happened to sit that way. He said he wanted his art to look «strongly conditioned by procedures,» and thus it came to seem perversely at first, then inevitably aligned with «systematic» art In the seventies, even with Minimalism. Pearlstein’s mature pictures do not suggest that you have walked into a room and come across people sitting or standing there. The framing and angles are too conscious for that. The eyeline jumps up to seven feet above the ground; the top of the canvas slices off the model’s head. Sometimes, particularly in recent works such as Two Models in Bamboo Chairs with Mirrors, 1981, the relationship among body, furniture, patterned cloth and their reflections takes on an almost conundrumlike air. Pearlstein’s space is so transparent that one cannot at first tell the body from its reflection. The eye sorts through the rhymes, counterparts and fragments, reassembling the scene against the resistance of the pattern, its responses dominated by the strong, smooth ovals of the bamboo chair arms. He gives inanimate pattern baseboard moldings, a kilim rug, the herringbone parquet of a floor or the florid Deco geometries of a wrap a pictorial importance equal to that of the sallow flesh. And yet it is not true that everything gets reduced to pattern. PearIstein’s eye is harsh and factual, and it takes in the conditions of pose without eliding them. One knows that his models are tired, their faces sag in boredom, their muscles are barely awake. The mechanics of the studio are acknowledged too, If the edge of an easel casts two shadows because two floodlights are aimed at it, they end up in the painting.

This collusion between the formal, procedural side of Pearlstein’s work and its ungeneralized directness of observation is what gives his paintings their «cold,» unsettling look. And something else: for there is no painter today who rejects, more tellingly, the idealist distinction between the «naked» and the «nude.» There is a blunt sexuality in Pearlstein’s work that the conspicuous formal devices frame rather than abolish. This formality is not voyeuristic, cute, Playboyish or «earthy»; it offers nothing and does not even try to be inviting. It arises from Pearlstein’s fascination with the strangeness of flesh, the otherness of bodies not his own. In other words, his style isolates that quality in nakedness that the conventions of the pinup and the titillations of high art nudes seek to cover: the fact that the skin is a frontier as well as a surface. Most of the objections to Pearlstein’s frigidity seem to connect to this fact without acknowledging it, and yet it is one of the chief insights of his work, very much a part of its growing claim on our attention. Realism, we learn once more, is neither a simple nor an easy matter.

– From Robert Hughes, «Nothing If Not Critical: Selected Essays on Art and Artists»

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Ellen Altfest – Mirada meticulosa

Ellen Altfest 2

Altfest, de 42 años, se ha convertido en una pintora muy respetada durante la última década por sus trabajadísimos lienzos, que observan las cosas del mundo —cactus, plantas rodadoras, tuberías oxidadas, extensiones íntimas de cuerpos masculinos — con una atención obsesiva.

Jenny Moore, conservadora del Nuevo museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, que organizó el año pasado la primera muestra en solitario de Altfest, dice que cuando vio por primera vez sus cuadros, hace unos años, tuvo “la extraña experiencia de saber qué era lo que estaba mirando pero desde una perspectiva en la que realmente nunca lo vemos”.

“Se nos da muchísima más información de la que solemos asimilar”, añade Moore. “Creo que nunca he pasado tanto tiempo observando distintas partes del cuerpo como cuando he contemplado los cuadros de Ellen”.

En la interpretación que hace Altfest de una vasija, ninguna grieta o mancha queda sin registrar. En su visión de una axila masculina, cada pelo, marca de estiramiento, poro y vaso sanguíneo visible que ha observado a lo largo de los meses que se pasa sentada a unos centímetros del modelo están ahí, convirtiendo lo real en algo asombroso.

Durante los muchos años que pasó pintando partes del cuerpo —masculino, exclusivamente—,Altfest sometió a los modelos, en su mayoría compañeros pintores, a unos padecimientos físicos que rivalizaban con los de sus días en el bosque.

El pintor T.M. Davy posó mientras Altfest se pasaba alrededor de un año terminando dos cuadros: uno del pene de Davy y el otro, una imagen de tres cuartos de su cuerpo desnudo, estirado de un modo un tanto extraño sobre una silla del estudio. “Creo que no estaba preparado para la forma en que mi cuerpo iba a rechazar el hecho de permanecer en esa postura”, reconoce el modelo.

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Eric Fischl – The bed, The chair, The sitter

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Si bien sus primeras obras están cercanas a la abstracción, a partir de 1976 introduce elementos figurativos, derivando a finales de los setenta hacia un estilo realista de fuerte carácter expresivo, con influencia de expresionistas como Max Beckmann, Lucien Freud o pintores de la tradición naturalista norteamericana, como Winslow Homer, John Singer Sargent o Edward Hopper.

 

Su temática se centra principalmente en la sexualidad, con abundantes representaciones de cuerpos desnudos, en actitudes eróticas, pero con cierto aire enigmático, angustioso, opresivo, lo cual queda enfatizado por su gama cromática apagada, grisácea, con una iluminación de extraña intensidad que acentúa el estilo expresivo de sus obras. Así, Fischl llama la atención sobre la desvirtuación de los valores morales en la moderna sociedad norteamericana.

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Robert Mapplethorpe

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El desnudo masculino alcanzó con Robert Mapplethorpe (Nueva York, 1946-Boston, 1989) unas cotas de belleza que muchos equiparan a la perfección de los escultores griegos. Negros o blancos, total o parcialmente retratados, sus modelos desprenden una elegancia minimalista difícil de capturar con la cámara. Famoso en todo el mundo desde la década de los 60 por sus trabajos homoeróticos, durante su última década de vida, Mapplethorpe optó por el refinamiento y la armonía, sin olvidar una brutal carnalidad en su obra.

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Lucien Freud

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Lucian Freud es considerado uno de los máximos representantes de la corriente figurativa británica de la segunda mitad del siglo XX que ha dado en llamarse la Escuela de Londres. En sus retratos, centrados principalmente en las personas de su entorno próximo, Freud consigue desvelar la vulnerabilidad del cuerpo humano a través de la carnalidad matérica que rezuman sus obras. Hijo de un arquitecto y nieto del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, Lucian Freud pasó su infancia en Berlín hasta que, tras la llegada de Hitler, su familia se vio obligada a emigrar a Inglaterra. Desde pequeño tuvo claro que quería ser artista. Estudió en la Dedham School of Arts and Crafts y posteriormente en el Goldsmith’s College de Londres. Su formación en el clima intelectual existencialista de la Europa de entreguerras le llevó a utilizar su pintura como instrumento de reflexión sobre la enajenación del hombre contemporáneo.

En los años de la Segunda Guerra Mundial volvió a Berlín, donde pudo contemplar las obras de los artistas de la Neue Sachlichkeit (nueva objetividad), como Otto Dix o Christian Schad

Desde. los comienzos de su carrera como pintor, sus obras han tenido siempre como tema central la figura humana representada con una intensidad psicológica muy acusada. En la década de 1950, el estilo un tanto rígido de sus primeras obras dio paso a un lenguaje más suelto, de pincelada más gruesa, más informal. Esta evolución no supuso el inicio de un método de trabajo más rápido, ya que Freud siempre ha sido un pintor de ejecución lenta y meditada, que necesita alcanzar una relación de intimidad con las personas o los objetos representados. Freud valora ante todo el estudio psicológico, que une a un realismo crudo y a unas actitudes desinhibidas que en ocasiones se acercan a lo sórdido. En sus retratos no busca el parecido, sino el reflejo de lo que representan sus personajes, e intenta encontrar la esencia de su personalidad

Entre. 1958 y 1968 expuso con asiduidad en la Marlborough Gallery y desde los años setenta se han celebrado numerosas muestras internacionales de su obra que le han convertido en una de las grandes figuras del arte actual.

Eli and David (2005-06), from Lucian Freud Portraits at the National Portrait Gallery. lucien-freud 4 lucien-freud 2 lucien-freud 1