Tony Bevan (b.1951) is one of Britain’s most distinctive figurative painters. Since the early 1980s he has been making images in acrylic and charcoal that extend the tradition of expressive figure-based painting associated with such older painters as Francis Bacon and Frank Auerbach. Bevan’s singular approach focuses in particular on the human head which is frequently enlarged, often isolated, and usually abstracted by being reduced to a structure of vector-like lines and marks. Such taut, linear structures are descriptive but also evoke the artist’s exploration of character, mood and psychic states. Bevan’s approach to portraiture is thus inherently and assertively subjective, transforming literal appearance through the implication of complex and ambiguous emotion.
Etiqueta: Retratos
Alberto García-Alix
Acudimos a casa de Alberto García-Alix para hablar con él del pasado, del presente,del futuro, de lo humano y de lo divino, de fotografía, de motos, de drogas y de R&R (y de paso nos echamos unas risas) días antes de que Francia le concediera la insignia de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
© Mike Steel
¿Cómo empezaste en este oficio?
Por casualidad. Mis padres me regalaron una cámara porque quería hacer fotos de motos. Mi hermano Alfredo corría en motos y yo, algunas veces, también. Él tenía un amigo que siempre venía con nosotros y hacía fotos. Nos las enseñaba los miércoles. Si la carrera era el sábado o el domingo, el miércoles venía a casa con las fotos. Eran en blanco y negro. Las hacía con una Leica.
Por navidades, les pregunté a mis padres si podían regalarme una cámara. Me regalaron una compacta. Le pedí a mi padre si la podía cambiar por algo que fuera más… y me dijo que sí. La cambiamos por una Nikon… (duda). No, por una Canon FTB, un trasto.
En ese momento de mi vida conocí a un chico que se llamaba Fernando Pais. Nos fuimos de casa de nuestros padres a vivir solos. Él tenía un par de Nikon F2, hacía fotos y, además, tenía una ampliadora que montó en casa.
Yo tenía mi cámara y… me tomé un tripi que me sentó mal. No mucho, pero sí que me sentó mal. Tuve una mala bajada. Decidí que tenía que hacer algo para no estar todo el día sin hacer nada. Ni estudiaba, ni trabajaba, ni nada. Y decidí meterme en el laboratorio. Mi amigo no me enseño mucho. Sólo me dijo: “revelador, paro, fijador”. Empecé a meterme por las tardes.
Compraba un carrete, tiraba una sola foto -no dos o tres-, con una me conformaba. Era un juego. Fue en el laboratorio donde me fasciné con la fotografía. Al principio me quedaban muy oscuras. Entonces comencé a jugar con el tiempo, a cerrar el diafragma, a acercarme, la luz muy contrastada -en aquella época gustaba la luz muy contrastada- y empecé a encontrar la atmósfera.
Uno se fascina cuando, a través del laboratorio, empieza a encontrar la atmósfera de lo que vio. No ya lo que vio, sino la atmósfera. Cuando aparece la atmósfera es algo mágico.
Me pasaba las tardes dándole más tiempo, utilizando papeles más suaves, ahora más duros… Luego según va la vida girando, he ido con el laboratorio a cuestas. En todas las casas lo montaba.
¿Te acuerdas de cuál fue tu primera cámara?
La que mencioné antes, la Canon FTB.
¿La primera foto o fotógrafo que te impresionó?
Nunca sabría cual fue la primera foto porque la fotografía es como una entidad. ¿No?
Creo que la exposición definitiva fue en el año 81, al ver una exposición de August Sander, un fotógrafo alemán de entreguerras, en el Instituto Alemán. Se habían traído los originales. Lo recuerdo como algo que había intuido pero que no sabría precisar con palabras: no solo era el poder de la imagen, era la poesía de la imagen. De repente, los retratos de este hombre me noquearon. Volví varias veces. Caí en trance, lo recuerdo como que caí en trance.
¿Cómo la corrida de toros del otro día? (antes de comenzar la entrevista, Alix nos cuenta que ha estado en Nimes viendo la corrida de José Tomás en la que se enfrentó a seis toros y describe la experiencia como “casi mística”).
Bueno, lo de la corrida del otro día fue más trance (risas). Ya me puedo morir tranquilo (más risas).
¿La última foto o el último fotógrafo que te ha hecho sentir lo mismo?
Lo mismo no se vuelve a sentir nunca. Te puede gustar pero sentir lo mismo, no. En aquella época, no soñaba ni con ser fotógrafo, ni pensaba ser fotógrafo (risas). No me veía como tal. Pero una vez que mirar se convierte en algo apasionante… He aprendido a base de hacer malas fotos, como todos (más risas).
© Mili Sánchez
¿Con qué cámara sueles disparar? ¿Te da igual una que otra?
Con una Hasselblad y con la Leica. Si voy a la calle, la Leica. La prefiero.
¿Tienes una óptica favorita?
No, solo tengo dos ópticas. No, tres en la Leica: 28, 35 y 50mm. Bueno, eso ahora porque antes no tenía tanta óptica. Antes solo tenía el 35 y el 50 mm. Hace un año y medio que compré el 28. Con la Hassel solo tengo dos lentes: 80 y 135 mm; y una lente de aproximamiento.
¿Horizontal o vertical?
¡¡Como Dios manda, joder!! (risas)
¿Qué prefieres: disparar a tiempo y hacer lo que esperabas, o no llegar a tiempo y sorprenderte?
Yo creo que uno se sorprende siempre.
¿Reencuadras las fotos?
No. Vamos, una de cada millón. Si me sale una mancha en un lateral o por algo así, si no nunca toco.
El viaje empieza cuando miro por cámara. Es cuando disfruto del cuadro. Antes, la foto no la veo. La veo a través de encontrar la predisposición para coger la cámara. Ahí comienza el ejercicio de ver. Y, cuando acabo, le doy un beso al carrete para bendecirlo. ¡Que sea lo que Dios quiera! (risas)
Como trabajo en analógico, puede pasar una semana o diez días hasta que revelo el carrete. Y mientras, sueño con lo que vi. Me da un tempo.
¿Cómo te has adaptado al mundo digital?
Yo, que soy un permanente insatisfecho, no podría hacer fotos en digital. Estaría siempre intentando corregir, no me contentaría. Un día me dejaron probar una (cámara digital). Me di cuenta de que no me daba ni rapidez, ni más poesía. No me daba nada.
Por lo que no me he adaptado al mundo digital para hacer una foto… de momento. Nunca se puede decir “de este agua no beberé”. Sí que lo he empleado, por ejemplo, en la narración visual. En video hecho con el móvil. Pero ahí estoy jugando en casa. Grabo cosas y las empleo. Pero no en la fotografía. En la fotografía, no.
¿Digital o químico? ¿Por qué?
(Químico) Porque lógicamente tengo fe.
¿Qué películas utilizas?
Tri-X.
¿Retocas las imágenes? ¿Con que software?
Retoco con los ojos (risas).
¿Cómo ves el panorama a día de hoy?
¿Qué panorama?
El fotográfico.
El fotográfico es el que menos importa. Pero el país está hecho una mierda. Vamos para atrás como los cangrejos. Da dolor de estomago pensarlo.
© Luis Baylón
Provienes de una familia burguesa (¿¿cambiar burguesa por acomodada??), tu madre era licenciada en historia y tu padre, oftalmólogo. Tu hermano Carlos es pintor y cineasta. Tu hermano Alfredo es un brillante investigador y pediatra. Tu hermana Lola trabaja para una ONG. Tú eres un reconocido fotógrafo. ¿Cómo fue tu educación y la de tus hermanos? ¿Cómo era el ambiente familiar?
Nuestra educación fue bastante liberal aunque no en los primeros años, cuando vivíamos en León. Íbamos a un colegio de Maristas. ¡Una ruina! El otro día me hice un retrato pensando en aquella época. Ahora está expuesta en Juana (la galería Juana de Aizpuru).
Mi padre y mi madre leían mucho. Pero nosotros éramos muy gamberros, por lo que nos castigaban mucho. Si me castigaban un sábado, me leía Cumbres Borrascosas (risas). Leer es ver. Ver grandes historias. Yo era un gran lector.
¿Eras?
Sí, entonces era un gran lector, ahora me entero sólo de la mitad (risas). En la universidad empecé a encontrar amigos con los que podía hablar de esos temas (libros). Con la pandilla, no. Ellos leían pocos libros.
¿Quiénes? ¿Los moteros?
No, en aquella época no había moteros. Te hablo de cuando tenía 15 ó 16 años.
¿Empezaste pronto con las motos?
Sí, a los trece años. Me acerqué al arte porque vi a los grandes pilotos de aquella época. Para mí las motos eran como ver ahora a José Tomás (risas). Nosotros, toda la familia, éramos fans de Santi Herrero. Cuando se mató nos dolió mucho.
Tu padre tuvo la oportunidad de estudiar fuera de España, concretamente en USA, ¿viajabas mucho con tus padres de niño?
Al pueblo de las criadas (risas). Con cinco hijos mis padres no podían ir muy lejos (más risas).
Ana Curra en tú libroFotografías 1977-1998 dice que “para mí, Alberto es fotógrafo como podría ser cualquier otra cosa. Él es fundamentalmente un artista de la vida“. Leyendo tu biografía, podrías haber acabado siendo actor, piloto, director de cine… ¿Cuándo te diste cuenta de que eras fotógrafo?
Desde que yo lo decidí. ¡Pura soberbia! Perseverar. Vamos, yo no me veía ningún futuro como fotógrafo. Ni por lo profesional, ni por la vida personal que llevaba. No iba a pedir trabajo a ningún sitio. A no ser que fueran amigos o tal…
Por el año 81-82, cuando empezó La Movida, había una gente que editaba postales de fotos. Publicaron a todos: Ouka Leele, Juan Ramón Yuste… Un amigo me dijo que fuera a enseñarles mis fotos. Y fui. El hombre que me atendió las miró, me miró, y me dijo: “mira, vamos a hablar claro. Dedícate a otra cosa” (risas).
¿Te acuerdas del nombre de la persona?
Sí, pero no lo voy a decir (más risas).
¿O sea que tú ya lo sabías, aunque los demás no lo supiesen?
Me daba igual. Pensé: “pero tú que me estás contando a mí”. Porque además eran las fotos (retratos) de Willy y Carlos (sus hermanos). Yo mandaba en mi hambre, vivía de otras cosas, así que me daba igual. Pero al salir de allí, lo típico, todos los amigos me preguntaron qué me había dicho. “¡Pues que me dedique a otra cosa!“, les contesté (risas).
La fotografía es perseverar. Se persevera por amor y por ilusión. Lo que me fastidia es haber aprendido mal. Hoy en día toda la gente tiene un montón de referencias, un montón de libros. Yo, en aquella época, no me podía haber comprado, por ejemplo, un libro de fotografías de Robert Frank. A Frank lo conocí muy tarde. Para mí la fotografía era un cazador con la escopeta y dos leones en blanco y negro. Era lo que había (risas).
Más adelante, cuando ya hacía fotos, conocí a Diane Arbus.
¿Al principio?
Al principio no, porque empecé a hacer fotos en el año 76. Me fui enamorando y haciendo fotos. Tuvieron que pasar varios años, porque la fotografía era algo importante en mi vida, pero no vivía de ello. Eso sí, vivía con una mujer que por lo menos me apoyó. Nunca me dijo: “¿con qué se come eso?”. Porque la fotografía me costaba dinero y nosotros éramos drogadictos. Vivíamos de otras cosas. Pero os digo una cosa; aunque no tenía ni puta idea, me sentía poderoso con la cámara. Poderoso no por talento, sino por individualidad;yo decido cómo, y dónde, y porqué, y qué veo.
Lo que primaba en esa época no era la fotografía era esto (hace un gesto de inyectarse heroína). La fotografía estaba aquí (en su cabeza) y una entre mil veces -porque tenía carrete- hacía fotos.
Para ser tan joven y tenerlo tan claro…
Yo no sé qué tenía claro. (Alix comienza a mostrarnos algunos de sus trabajos). Por ejemplo, esta foto la tenía clara desde el primer momento en que la vi. Estaba en casa de mis padres y recuerdo ese momento (Foto 1). Esta de aquí es de mi cocina. Aquí viví con Luis Baylón…nos echaron. Bueno, me echaron a mí, pero como él vivía conmigo (risas). Era en la calle Relatores (Foto 2). Esta es más antigua, de cuando estaba en el ejército (Foto 3). Esta otra fue una de las que fui a vender al de las postales… (Foto de Willy y Carlos arriba)
Cessepe, Bárbara (Ouka Leele) y el Hortelano se habían ido a Barcelona. Y yo, desde el 76, comencé a ir a menudo. Allí conocí a una gente que hacía una revista de fotos en papel de periódico. Y fue la primera vez que le gustaron a alguien mis fotos.
Los de la tienda El Ojo, que eran muy amigos de Luis (Baylón) y míos, también se fijaron en que hacía otro tipo de fotos. Una vez les salve de un atraco y todo. La tienda ya no existe. Estaba en la calle Montano, era de los hermanos Ronsón. Con ellos vi la primera cámara de placas. Un día me preguntaron: “¿y tú qué haces?”. Les enseñé mis fotos, les gustaron y me dijeron: “Mira Alberto, a partir de ahora si necesitas material llévatelo”. Así no tenía que dejar a deber los carretes (risas). Además, iba aprendiendo. Revelaba mis propios negativos, hacía todo. Del 76 hasta que me fui al ejército me formo un poco. Aprendo a revelar, a usar la ampliadora…
Cuando empezaste en la fotografía el mundo que había a tu alrededor se regía por la máxima que da título a la canción de Faron Young: Live fast, love hard, die young. ¿Crees que parte del éxito de tus primeras imágenes se debe a la fascinación que éstas ejercían en la gente que no se atrevía a cruzar ese “lado oscuro”?
No, al contrario. Los primeros que ven tus fotos son tus amigos. Además, las fotos comprometidas no las exponía. De hecho, algunas las he llegado a romper por miedo a la policía. Los negativos de los setenta sobrevivieron; los de los ochenta, unos cuantos -deben de ser del año 84-85- los rompí. La foto se puede convertir en un chivato y tuve miedo. Fui un imbécil y destruí unos cuantos negativos. No eran muchos, pero unos cuantos.
Las fotos que sí me atrevía a mostrar eran retratos de amigos. Ésta era de mi oficina, que era mi bar (Foto 4). Esta foto (Foto 5) a mí me reconcilió cuando vi la de Walker Evans. Muchos amigos me decían: “¿pero esto es una foto? ¿qué es esto?”. ¡Pues el baño de una habitación de hotel cutre, porqué no teníamos ninguno un duro! No podíamos ir a sitios caros, íbamos a sitios baratos. Sentía que ellos no veían la soledad que yo veía, la dimensión de la vida. Era una antigua habitación de mujeres, porque antiguamente tenían bidé, y la alquilaban a parejas. Me quedé fascinado nada más revelar esa foto porque daba muchos grises. Fue muy bonito verla salir. Quedaba muy corpórea. Por eso, cuando vi la exposición de Walker Evans en el año 81 y vi esas habitaciones dije: “!! Joder, no me jodas!!”. La dimensión de lo que quise ver entonces la comprendía también en él. Me daba una gran lección.
Todo lo que me pulsa, si tengo la cámara, me obligo a mirar. Iba por la calle y tiraba fotos, iba por donde sea y tiraba fotos, pero nunca con idea de construir un reportaje.
No tuve hambre de maestros, yo me soñé los maestros. ¡Es cierto! Ya en los años noventa vi de pronto un libro de Robert Frank y me decía “Joder, esto tendría que haberlo visto antes”. O tendría que haber conocido gente que tuvieran más inquietudes o que estuvieran más en mi mundo porque de fotos… Yo no era fotógrafo porque perteneciera al mundo de la fotografía. No trabajaba como fotógrafo. Aunque la verdad es que soy un privilegiado porque desde el primer momento tuve la suerte de conocer a
gente a la que le gustaba mi trabajo. Llegué al mundo de la fotografía a través del mundo del arte. Los primeros que ven mis fotos -vía Kiko Rivas- y deciden hacerme una exposición son la Galería Buades.
Venían todos los amigos, y de repente empezó la Movida. Una galería de arte se llenaba de rockers de punks, de tal y cual. Además, en esa época lógicamente el público no compraba. (Para los galeristas) era muy divertido tener a Alberto y a toda la panda en la galería, pero vender no se vendía. Muy moderno (risas). Aún así, todos hacíamos algo. Todos éramos jóvenes. Había esperanza. ¡Es que hoy en día no hay ni esperanza! Antes nos creíamos la hostia. Para meterse en problemas hay que tener energía porque si no…
Luego, era muy fuerte. En la soledad de mi laboratorio al revelar las fotos veía mi interior. Muchas veces pensaba: “qué dura es esta foto”. Hay alguna de mi hermano en la que ya el deterioro se notaba. Lo veían mis amigos. La vida va pasando. La vida pasa y de repente empecé a tener fotos de muertos, de amigos muertos.
El laboratorio es curioso. Cuando estás revelando, la foto tarda en salir dos minutos. Durante esos dos minutos estás en silencio delante de la foto, y dialogas con ella. Muchas veces cuando hago una foto de estas (de su hermano), dialogo con ellas: “Hombre Willy, coño, fíjate, quién nos iba a decir a ti y a mí”. A veces, me pilla.
Hay un momento en que lo pierdo todo. Pierdo las cámaras, pierdo tal… sólo me queda la moto. Hacemos un viaje a Vigo.
La galerista Valle Quintana, a la que le lloré mis cuitas, me dijo: “estás así porque tú quieres. Te hago una exposición y te vendo, eso te lo aseguro”. No tenía un pavo y ella puso el dinero con la condición de que hiciera la exposición en dos meses. Kiko Rivas me lo administró para que no me lo gastara en drogas. Me metí en casa de mis padres y monté el laboratorio allí. Y sí, monté una exposición y sí, se vendió. Fue muy bien, dio dinero y, por primera vez, me veía…(como fotógrafo).
Volví a comprar equipo; cogí una casa entre Pacífico y Vallecas; y comencé a hacer fotos. Empecé con la cámara de medio formato, con estás fotos (muestra las de Elena Mar). Esta otra era para Chus Bures (diseñador de joyas), fue uno de mis primeros trabajos comerciales.
La exposición con Valle Quintana la vio mucha gente. Algunos quisieron que trabajase para ellos, como Manuel Piña (diseñador de moda). ¡En esos momentos que estoy empezando, me ofrece hacer moda con él! Además, pagan de puta madre. Ahí yo iba de artista “enfant terrible” (risas). Hicimos un cartel con la foto para Chus Bures de Elena Mar, lo pusimos por todo Madrid y fue todo un exitazo. La gente pintaba cosas sobre el cartel, y no tengo ninguna foto de ello, cosa de la que me arrepiento muchísimo.
¿Tu relación con los tatuajes es la misma que tienes con la fotografía, una forma de conservar el presente, de fijarlo?
No, no. Mi relación con el tatuaje ha cambiado mucho con el tiempo. Cuando me hice el primero mi visión del tatuaje era una, ahora es otra. Al principio no era rebeldía, era Rock & Roll. Estaba en ese mundo y me gustaban los tatuajes. Pero ahora no. Ahora no sé si me gustan. Me los hago para reírme de mí mismo y porque necesito suerte y me pongo una estrella para que no se me caiga (risas). Hay que tener mucho cuidado con los tatuajes, te puedes poner un demonio….
Desde tu primera moto (una Ducati de 50cc) hasta las Harleys que conduces desde hace años, la moto siempre ha sido un elemento muy importante en tu vida, tanto como para dedicarle un libro entero a los Bikers (Ed. La Tripulación 1993) y hasta tener tu propio equipo de competición en las Superbikes (Pura Vida Racing Team) ¿Qué representan para tí las motos?
¡La mayor gloría de Dios¡ Alegría. Yo no sé conducir coche. He ido toda mi vida en moto. Cuando era niño, antes de que me gustaran las mujeres, me gustaban las motos. Quería ser mayor para conducir motos. Yo no soñaba con trabajos ni nada, sino tener moto para viajar. La libertad total.
Tu carrera de retratista siempre ha girado (salvo excepciones) alrededor de un mundo cercano e intimo, de amigos, o por lo menos al mundo al que perteneces o con el que te identificas. De repente con tu trabajo realizado en China nos muestras otro tipo de fotografía que tiene una barrera cultural e idiomática. ¿A qué se debe este cambio? ¿Te sientes cómodo con él?
Me siento cómodo, sí. He aprendido. ¡Hostia, cuando uno se da cuenta de que ha aprendido…! Cuando comencé a hacer fotos miraba mucho al exterior. Estaba bien. El cambio fue cuando me empecé a mirar al interior. La imagen me miraba y se volvía para dialogar. Es como si quisiera hacerte un retrato, pusiera la cámara y -mientras veo la luz y lo veo todo- me pregunto cuánta ración de miedo nos cabe a ti y a mi. Es el momento del diálogo. Antes no dialogaba así.
El otro día retrataba a una prima de Javier Esteban (fotógrafo) que se acaba de morir. Tenía un cáncer y sabía que se moría. Le quedaban pocos día y vino con Javier. Cuando estás mirando en el otro rostro piensas esas cosas, ¿no? Hay un diálogo.
Sí, hay una etapa que lo cambia todo. Pero no es China, es París. Es parís. Mi situación aquí (en España) era privilegiada, pero yo estaba hecho unos zorros. Estaba deprimido, creo que es la palabra más precisa. Y la fotografía era para mirarme a mí mismo, por primera vez. Antes había un dialogo, pero donde realmente lo sentí fue en París. Empecé a buscar, digamos, mi tristeza. Comencé con los videos. Hice un trabajo introspectivo. Tuve la suerte de que la Galería Chantal Crousel lo produjera y lo mostrara.
Era un video muy oscuro…
Sí, además la fotografía también se vuelve más oscura. Empiezo a dialogar más conmigo mismo. Lo hacía siempre, pero esta vez es mucho más introspectivo. Los cambios se producen cuando voy a París. Después de París, la espita ya está abierta. Ya conozco el diálogo.
Autorretrato “Ajuste de cuentas” 2008
Siempre has estado en contacto con el video y con el cine. ¿El uso del video y los audiovisuales en un pasado cercano a qué se debe: a un renovado interés o a que la imagen fija te empieza a aburrir?
No, nunca me he aburrido de nada. No me dieron tiempo (risas). Antes de empezar a hacer fotos quería estudiar cine. Me pasaba las tardes en la filmoteca viendo películas. Las analizaba, las desmenuzaba. Me gustaba mucho el cine negro. La iluminación. De hecho, cuando era joven busqué trabajo en una película de González Gil, con José Aguayo de director de fotografía y cámara. El cine me interesaba. Apareció de repente Kiko Rivas en un programa que se llamaba Pista Libre e hicimos una película que se llamaba El día que muera Bombita. Me pasó el guión con todo su mundo, yo tenía que dirigirla. ¡Aquello fue el rosario de la aurora, no tenía ni puta idea!
Luego hice dos películas como actor para Ceesepe. Después, un corto para el programa de Televisión Española de Paloma Chamorro (La Edad de Oro), No hables mal de mí con Silvio (Fernández Melgarejo). Como Silvio era amigo, le contraté para que se ganara algún dinero. ¡Quién nos iba a decir que esa mierda de película es mítica! Por el Silvio, no por mí, claro (risas). ¡Qué cabrón, como me lo hizo pasar de mal! (más risas). Salí a hostias con los técnicos de televisión y la Paloma Chamorro defendiéndome. Para mí, fue tal el fracaso que sentí con esa película…. No me pude entender con los técnicos…. No había guión. Sólo una idea que yo le había dado a Kiko Rivas con una estructura. Me dolió tanto que me sentía un fracaso. No lo aparqué del todo, pero intenté vivir de la fotografía. Era lo que me daba de comer. Ya nadie me volvió a ofrecer rodar.
En una entrevista Duane Michaels dijo que él siempre había hecho lo que le daba la gana con su fotografía personal, que nunca se dejo influir por mercados o galeristas, porque las habichuelas ya se las ganaba haciendo fotos comerciales ¿Fue este tu caso?
No, no. Esta foto era comercial (muestra una de Elena Mar). Yo empleaba a las amigas, las explotaba (risas). Manuel Piña lo vio y flipó tanto que contratamos a Elena Mar de modelo para hacer la foto de la toalla. Le dije a Manuel que “ok, pero la pagas bien”. La pagó bien y encima le mandó un ramo de flores amarillas, porque Manuel Piña era un gran señor.
Con Chus Bures hacía lo mismo, emplear a los amigos, y para Modesto y Lomba… hacía retratos para Vogue. Yo nunca separaba. Para mí todo era lo mismo, eran fotos. Esa fue mi suerte. Jugaba en mi terreno.
Los amigos… venían los Radio Futura “¿nos haces unas fotos?”. Además, pagando. Los citaba en mi barrio, en mi casa. Cuando la gente ve estas fotos empiezo a tener cierto nombre… Trabajar para Manuel Piña y tal… A mí ya me habían visto en todas las fiestas. Ahora empezaban a verme de delirante fotógrafo (risas).
Era una época muy animada. Pasaban muchos fotógrafos extranjeros por España, enseguida hablaban de ti fuera. Gracias a las exposiciones me empezó a salir trabajo. Vino Alberto Annaud a verme, quería que tuviera una página en El País. Los amigos empezaban a triunfar con la música. Había un cierto comercio. Ahora es más difícil. Pienso que estaba en el sitio adecuado en el momento adecuado. No volverá nunca a ser lo mismo. Tuve la suerte de que los clientes que tenía utilizaban a amigos míos, venían a mí casa…. Todo se cocía en mi casa. Allí estaba el Canto de la Tripulación, ahí estaba todo. Venían treinta motoristas y se quedaban en mi casa. Los vecinos se quejaban. Me decían: “dile a tus amigos que se pongan las camisetas” (risas).
Ahora para mí es lo mismo. Nunca he cambiado en esto. Cambia la manera de ver, evoluciona, pero lo que es el tipo de foto y adónde va…. La composición me atraía en aquel tiempo tanto, que me gustaba la arquitectura y cualquier cosa de ese tipo. No es nada nuevo. Lo que sí es nuevo es la intenciónalidad. Al final las fotos que se ven, fueron las que se publicaron. Porque si le das un repaso a los contactos, a lo mejor piensas que otra es mejor. Las fotos tienen su momento. Ahora te gusta que esté la cara perfecta, ves una movida y dices “¡qué horror!”. Y luego te gusta más la movida porque tiene más expresión…. Pero al final, la que se conoce es la otra, la publicada.
¿Disparabas muchos carretes cuando hacías un retrato?
No, podía utilizar dos o tres carretes. Tardo mucho en enfocar, tardo mucho en controlar lo que estoy mirando, tardo en concentrarme en lo que estoy haciendo.
Lo primero que hago es ver si me distrae algo. Para la buena foto nunca se tiran muchos disparos. Primero decido el espacio donde se va a hacer la foto, la luz…. Después cavilo todo lo que veo en el espacio. Soy lento. Cuando no queda más remedio, tiro. Me odio a veces por ser tardón. Pero bueno, fotografiar es un poco domesticar. Tengo que parar la tensión interior. Tener una tensión interior para que la gente se hipnotice ella misma con el objetivo, que se mantenga ahí. Dirijo -si puedo- aunque otras veces no. Al final con los retratos, si hay complicidad y te dan tiempo, funcionan.
Hace años te embarcaste, junto a un montón de amigos, en la aventura editorial El Canto de la Tripulación. Ahora, después de varios años, te vuelves a embarcar en un nuevo proyecto: Cabeza de Chorlito. ¿En qué consiste y en qué se diferencia del primero?
Es un proyecto para sacar adelante pequeñas aventuras. De momento, entre Fred (Frederique Bangerter) y yo hemos hecho la caja de los diaporamas. Bueno, la que hace el trabajo y lo mantiene es ella porque yo… trabajo, no. ¡Menos mal que la tengo!
Lo siguiente que queremos hacer es un libro con la historia de El Canto de la Tripulación. Estoy preparando y desempolvando cajas y cajas de material. He visto trabajos de amigos fotógrafos increíbles.
¿Son trabajos que presentaron en su momento para El Canto de la Tripulación?
No, no. Por ejemplo, Emilio Pereda -que es un gran amigo mío- venía con nosotros de fotógrafo. Tiraba constantemente fotos, pero sin ninguna intencionalidad, con una cámara pequeña, con una Olimpus. Cuando me ha dado su material y lo hemos escaneado…. Todas las historias, todo (es un) maravilloso trabajo.
Ahora estoy recuperando toda la documentación para este libro. La parte escrita la están haciendo dos amigos míos: Gonzalo García Pino que estaba con nosotros en La Tripulación –vamos, el alma moral de La Tripulación- y Nadia Arroyo. Yo voy a aportar toda la documentación y la edición. A ver cómo va, pero estamos en ello. Luego hay que sacarlo y venderlo. Nosotros no tenemos canales de distribución, lo hacemos sólo por internet, a través de fiestas o eventos. Pero es que se lo debo a la vida, le debo a la vida que exista esa documentación. No por mí, si por mí fuera me retiraba. ¡Me retiraba ya!
Si fuese a una editorial, me quitaría de problemas y me quedaría tan contento. Pero eso sería traicionar el espíritu de La Tripulación, dejaría de ser la aventura. Gonzalo y Nadia me entienden. Vamos a hacerlo así, ¡como en los viejos tiempos!
Fuente: Revista Ojos Rojos

Michal Chelbin
Los retratos de la fotógrafa israelita Michal Chelbin de adolescentes prisioneros rusos y ucranianos dejan mella. Las materias primas, «expresiones sombrías yuxtapuestas con colores de alto contraste para crear una miseria escénica que provoca el deseo de mirar.»
En cierto modo, las cárceles parecen ser una broma cruel. Los internos parecen seres inanimados y sin vida por delante, y en sus celdas guardan imágenes sorprendentes: carteles de paisajes marinos fantásticos o granjas bucólica. Se supone que el fin de los carteles es que se sientan como si estuvieran fuera, pero a juzgar por la expresión de sus caras, es más bien un gesto de burla que uno liberador. Los prisioneros están magullados y tristes. Sus crímenes van desde el robo de asalto sexual al asesinato. Hay un centro de día en una de las instituciones en las que los presos mayores femeninos (algunos de los cuales son condenados asesinas) sirven como niñeras.
Avigdor Arikha
Avigdor Arikha, pintor francoisraelí fallecido el 29 de abril de 2010 en París, un día después de cumplir los 81 años, era un maestro a la hora de inmortalizar escenas cotidianas de enigmática belleza. Los críticos de arte han resaltado que, pese a la luminosidad vital que domina sus cuadros, consiguió dotarles también de una pátina turbia e inquietante, un sentimiento de extrañeza resultado de observar lo habitual desde un punto de vista insólito. Uno de sus ejercicios favoritos era pintarse a sí mismo en poses fugaces: un reflejo en un espejo; un grito; un rostro que parece estar girándose, marchándose para no volver.
No siempre fue un pintor figurativo. En sus inicios se decantó por lo abstracto, al no encontrar respuesta a esta pregunta, que se formuló en numerosas ocasiones: «¿Quién puede pintar una manzana después de Cézanne?». Pero terminó asqueado de repetir «el mismo juego de formas, una y otra vez», y cayó en una profunda sequía creativa tras la cual decidió pintar la vida tal y como era. O al menos tal y como él la veía. «Lo esencial es no saber lo que estoy haciendo. Si lo supiese, no podría pintar lo que veo», dijo a The New York Times en 1986.
Tal vez la rutina que Arikha gustaba de retratar era turbia porque sus primeros dibujos fueron del día a día en un campo de concentración. De familia judía y criado en Ucrania, tenía 12 años cuando llegaron los nazis, que mataron a su padre de una paliza. Conoció los trabajos forzados y dibujó los cadáveres apilados en un vagón de tren, las colas para conseguir un plato de sopa, el horror. En 1944, unos delegados de la Cruz Roja visitaron el campo y se fijaron en los grabados, interviniendo para que fuese liberado junto a su madre y su hermana.
Se estableció en un kibutz próximo a Jerusalén y participó en la guerra árabe-israelí de 1948, resultando gravemente herido en una emboscada. Terminados los combates, se fue a estudiar a París, donde pintó la rutina de guerra que aún llenaba su mente: soldados exhaustos, pueblos destruidos, más cadáveres. Se sumergió en la agitada vida intelectual de las orillas del Sena y, en 1956, tras una función deEsperando a Godot, conoció a Samuel Beckett, con quien trabó una gran amistad y a quien retrató en numerosas ocasiones. Dibujar a Beckett tomando un vaso de vino fue el primer paso para despegarse de lo abstracto y fijarse en el mundo que le rodeaba.
En 1965 llegó su crisis, espoleada por la contemplación en el Louvre deLa resurrección de Lázaro, de Caravaggio. Al día siguiente, según contó en una entrevista, se despertó «con un hambre violenta en los ojos» y empezó a dibujar a su mujer, la poetisa Anne Atik, una y otra vez. Dejó de pintar cuadros y durante siete años solo hizo dibujos, casi todos en blanco y negro. Solo volvió a los cuadros tras afinar un estilo basado en preservar la simplicidad gracias a una serie de reglas: no usar más de cuatro o cinco colores; trabajar sin bocetos; empezar y terminar una obra en el mismo día; retratar solo lo que tenía delante y podía ver, tocar y oler.
Con el tiempo, su nombre adquirió prestigio y sus cuadros terminaron en las paredes del Louvre, del Metropolitan de Nueva York y de la Tate Gallery londinense. En 2008 presentó una amplia retrospectiva en el Museo Thyssen de Madrid, donde se vio obligado a romper sus reglas. Prefería exponer únicamente con luz natural, pero el día de la inauguración estaba nublado y pudo vérsele lamentándose por los pasillos. Frédéric Mitterrand, ministro de Cultura francés, ha dicho en el homenaje tras su muerte que «tenía un don para captar lo profundo de las personas y expresar su misterio». Pero a Avigdor Arikha lo que realmente le obsesionaba era que no se le escapase el momento. En una entrevista de 1987, trataba de explicar por qué no podía saltarse sus propias reglas: «El instante no se repite. Si lo retocas, lo desorganizas. Yo no puedo permitirme dar marcha atrás».
Fuente: El País. Miguel Calzada
Philip Pearlstein / From Robert Hughes
The Philip Pearlstein retrospective now at the Brooklyn Museum [review published in 1983], curated by Russell Bowman, is a dense and satisfying show. Pearlstein’s work has not lost its episodic power of surprise: one tends to feel more familiar with it than one is. What is so new about a nude in a room, done over and over again? Quite a lot, in fact. Pearlstein is by now a fixture of the museums and art history books. He is fifty nine this year, and probably did more to «break the ice» for realist painting in America than any other artist of his generation. What is on the walls in Brooklyn embodies a struggle with convention as tenacious as any in modern American painting.
As Irving Sandler remarks in his catalogue essay, Pearlstein «resumed what an avant garde some three quarters of a century earlier had proclaimed to be academic» modeled painting of the naked human body. The studio nude, posed, had been the very protein (or, to its detractors, the basic starch) of Salon painting from Ingres to Bouguereau. It was thrust into eclipse by Impressionism because it carried an aura of the posed, the stagy, the allegorical, and Post Impressionism finished it off. The nude became a casualty of the means painters chose to assert their pictorial honesty: the near religious cult of flatness. The intricate bumps and hollows, bosses and knots and smooth rotundities of the body’s landscape were generalized down to patches. By the start of Pearlstein’s career, in the ebb tide of Abstract Expressionism, the very idea of rendering the posed body in a room seemed absurd; it required the most taboo act known to late modernism, making a spatial illusion, turning the flat plane into a window.
Taboos are made to be broken; one sees today why Pearlstein was interested in an artist so totally unlike himself, the Dadaist Francis Picabia, who conceived his work as a constant affront to received taste. Painting the studio nude, Pearlstein declared allegiances very different from those common in the New York art world of the late fifties. In neither hedonism nor irony nor self expression, he wanted to go back and start from Gustave Courbet, painting the naked body in a spirit of detached, colloquial reportage, as though all the proscriptions against figure painting had lost their magic. To suppose this was not a radical act, one would need to know very little about the pressure of ideology and convention in the New York art world of the time. Realist figurative painting was as unpopular then as abstract art is now.
Pearlstein’s «look,» with its tallowy largesse, its peculiar blend of remoteness and intimacy, did not appear overnight. In the early fifties his paint was as roiled and heavy as any young abstract painter’s: his interest in Picabia’s machine body images shows in a 1950 Painting of a scrawny nude being attacked by a bathroom shower, and there is even a sign of Pop imagery to come, in a 1952 painting of Superman, blue chinned as a mafioso and bulgy as the Laocoon (to which his pose refers), flying over the pinnacles of Metropolis. But by the mid fifties Pearlstein had begun to concentrate on landscape, and the basic motifs of his later work were beginning to emerge. There are studies of rocks and cliffs in this show, plain mineral matter pushed against the eye, whose closeness and rotundity, cracks and fissures uncannily predict the nude bodies Pearlstein would be scrutinizing twenty years later. But, he later remarked, he chose them because they looked like Abstract Expressionist compositions. For a while he stayed with landscape, painting it in Italy the sun inflamed bricks of Roman ruins, the cliffs at Positano running like wax in a controlled chaos of juicy brush marks paying the necessary homages to de Kooning and, further back, to Soutine’s landscapes at Ceret. Then, on his return to New York City in 1959, he concentrated on the human figure and, with a few exceptions (paintings of the Canyon de Chelly in Arizona, done in 1975, a few cityscapes of lower Manhattan from a Greenwich Village high rise, among others), ignored the outdoors thereafter. What he wanted was something perfectly controllable, a situation rigged by choice, a setup: a hired anonymous figure under floodlights, in a room.
For Pearlstein’s idea of realism had nothing to do with the conventional picture: an artist plants his easel before a scene and transcribes it as best he can. On the contrary, he wanted the rules of the game to be apparent. This meant declaring the artifice of pose, cropping, lighting and visual angle, as conscious elements of subject. Nothing about the final image would seem «found»; if a leg cut the corner, of the canvas at forty five degrees, that was because Pearlstein wanted it to, not because the model happened to sit that way. He said he wanted his art to look «strongly conditioned by procedures,» and thus it came to seem perversely at first, then inevitably aligned with «systematic» art In the seventies, even with Minimalism. Pearlstein’s mature pictures do not suggest that you have walked into a room and come across people sitting or standing there. The framing and angles are too conscious for that. The eyeline jumps up to seven feet above the ground; the top of the canvas slices off the model’s head. Sometimes, particularly in recent works such as Two Models in Bamboo Chairs with Mirrors, 1981, the relationship among body, furniture, patterned cloth and their reflections takes on an almost conundrumlike air. Pearlstein’s space is so transparent that one cannot at first tell the body from its reflection. The eye sorts through the rhymes, counterparts and fragments, reassembling the scene against the resistance of the pattern, its responses dominated by the strong, smooth ovals of the bamboo chair arms. He gives inanimate pattern baseboard moldings, a kilim rug, the herringbone parquet of a floor or the florid Deco geometries of a wrap a pictorial importance equal to that of the sallow flesh. And yet it is not true that everything gets reduced to pattern. PearIstein’s eye is harsh and factual, and it takes in the conditions of pose without eliding them. One knows that his models are tired, their faces sag in boredom, their muscles are barely awake. The mechanics of the studio are acknowledged too, If the edge of an easel casts two shadows because two floodlights are aimed at it, they end up in the painting.
This collusion between the formal, procedural side of Pearlstein’s work and its ungeneralized directness of observation is what gives his paintings their «cold,» unsettling look. And something else: for there is no painter today who rejects, more tellingly, the idealist distinction between the «naked» and the «nude.» There is a blunt sexuality in Pearlstein’s work that the conspicuous formal devices frame rather than abolish. This formality is not voyeuristic, cute, Playboyish or «earthy»; it offers nothing and does not even try to be inviting. It arises from Pearlstein’s fascination with the strangeness of flesh, the otherness of bodies not his own. In other words, his style isolates that quality in nakedness that the conventions of the pinup and the titillations of high art nudes seek to cover: the fact that the skin is a frontier as well as a surface. Most of the objections to Pearlstein’s frigidity seem to connect to this fact without acknowledging it, and yet it is one of the chief insights of his work, very much a part of its growing claim on our attention. Realism, we learn once more, is neither a simple nor an easy matter.
– From Robert Hughes, «Nothing If Not Critical: Selected Essays on Art and Artists»
Yan Pei-Ming
Yan Pei-Ming (Chinese, b.1960) is a painter most known for his epic-sized portraits of Mao Zedong, finished with large expressive brushstrokes and sparse use of color. Born in Shanghai during the Chinese Cultural Revolution, Yan took up painting as a hobby, later applying to the Shanghai Art and Design School, where he was rejected because of a speech impediment. Yan moved to France at the age of 20, and shortly thereafter enrolled in the École des Beaux-Arts in Paris. After graduating in 1999, Yan’s achieved rapid notoriety for his massive portraits of celebrities, including Rupert Murdoch, Bruce Lee, and the artist Maurizio Cattelan. Yan’s work was included in the 2003 Venice Biennale, where his work gained an international audience, foreshadowing the recent acquisition of his work by the Louvre in 2009.
Gerhard Richter
Este exitoso pintor alemán nació el 9 de febrero de 1932 en Dresde y creció en la región de Alta Lusacia. Luego de llegar a la conclusión de que en el sistema de la RDA no podía ser lo suficientemente creativo, Richter huyó con su esposa de entonces, Marianne, a Berlín Occidental. Todo lo que llevaban consigo era una maleta. Las obras que había creado hasta ese momento debió dejarlas en la RDA, donde fueron sobrepintadas o destruidas, él mismo quemó algunas antes de su partida.
En Occidente comenzó estudios de arte en la Kunstakademie Düsseldorf. Allí conoció a Sigmar Polke, Konrad Fischer-Lueg y Blinky Palermo, con quienes trabajó intensamente. Junto con Polke y Fischer-Lueg fundó por ejemplo el grupo de artistas de los “Realistas capitalistas”, que criticó tanto el “realismo socialista” como la sociedad occidental de consumo. Pero Richter no cultivó sólo un estilo. Experimentó con pintura abstracta, el sobrepintado de fotos, dibujos, trabajos en vidrio, esculturas y acuarela. El artista rechaza una categorización de su trabajo.
Ya en 1972 representó a la República Federal de Alemania en la Bienal de Venecia, con su grupo de obras “48 retratos”. Esa seri «Kerze» de Gerhard Richter(© picture-alliance/dpa)fotorrealista está constituida por 48 representaciones de destacadas personas, entre escritores, científicos, compositores y otras personalidades. A mediados de los años 70, comenzó a pintar también en forma abstracta. En esas obras da gran importancia al principio de la casualidad: “Al final quiero obtener un cuadro que no había planeado… Quiero obtener algo más interesante de aquello que me puedo imaginar”.
El principio de casualidad ayudó a Richter también para la composición de una vidriera de la catedral de Colonia. El vitral está conformado por unos 11.500 pequeños cuadrados de vidrio de 72 colores diferentes y fue inaugurado en agosto de 2007. Los colores retoman tonos de las otras vidrieras de la catedral. Con ese vitral, el artista cosechó no sólo loas. Voces críticas dijeron, por ejemplo, que el vitral hubiera quedado mejor en una mezquita que en una iglesia cristiana y que falta la representación de la figura de un mártir. El artista rechazó las críticas. Richter se autodefine como un “ateísta con tendencia al catolicismo” y vive desde 1983 en Colonia. Desde abril de 2007 es ciudadano de honor de la ciudad.
La obra de Gerhard Richter es compleja y polifacética. Que no se haya limitado a un solo estilo se debe quizás también a que rechaza las ideologías. Luego de sus experiencias con la Juventud Hitleriana y el régimen del SED, Richter manifestó (1989): “Sin duda, las ideologías son dañinas y por ello debemos tomarlas muy en serio, pero sólo como comportamiento, no por su contenido, pues en cuanto a contenido son todas igualmente equivocadas”
Ingar Krauss – Portraits
With his black-and-white portraits of children and teenagers in Germany and Russia, Ingar Krauss reveals quietly intense moments of transformation and the emotional turmoil just below the surface of life’s thresholds. His young subjects seem to have knowledge and wisdom beyond their years. Despite the mask-like appearance each tries to project, their eyes, faces and postures reveal confusion, frustration, melancholy. They are serious, remote, sad, defiant. They have already seen too much, and the innocence lost is painfully etched into each of these images.
Krauss started his photography in the mid-1990s, focusing first on neglected buildings (never published), and then on his daughter and her friends as they grew up in Berlin and in the countryside near the border of Poland. Encouraged by the successful responses to this first work, he traveled to places in the former Soviet Union, and made portraits of children the same ages, but living in state-run orphanages, juvenile prisons and camps. Many of these kids are not criminals but these “childhood institutions” are the only places society can find for them. The intensity of these images is haunting and complex.
Krauss prints his black-and-white portraits on old photographic paper produced in Eastern Europe, which gives his pictures even more of a melancholy tone. In 2004 the artist received the Leica Prize of the Grand Prix International de Photographie in Vevey.
http://www.marvelligallery.com/KraussCataloguePortraitsCover.html

Jason Shawn Alexander – Blood & Whisky
Jason Shawn Alexander (B. 1975) Painter and draftsman from Tennessee, currently resides and works in Los Angeles, California. Though modern in its subject matter, Alexander’s work pulls, still, from the vulnerability, fear, and underlying strength that come from his rural upbringing. Much like good Delta Blues, his work maintains a sense of pain and passion which steers Alexander away from the standard “isms” that, in his words, “tend to muddy up what’s really important”. The result is something heartbreakingly genuine.
Frans Hals – Eye to Eye with Rembrandt, Rubens and Titian
http://www.franshalsmuseum.nl/en/exhibitions/frans-hals-eye-eye/
In the Frans Hals Year 2013, key works by the artist will be shown amidst paintings by such famous predecessors and contemporaries as Titian, Rembrandt, Rubens, Van Dyck and Jordaens in Frans Hals: Eye to Eye with Rembrandt, Rubens and Titian. This extraordinary confrontation of old masters is essential to the understanding of seventeenth-century art. Famous painters often produced their works in response to one another, seeking to outdo the other artist and create something exceptional. The best way to assess the results of their efforts is to look at comparable works side by side. Visitors can see for themselves the artistic challenges Hals must have faced and what makes him unique. The paintings come from some of the world’s greatest museums, among them the National Gallery in London, the Prado in Madrid and the Louvre in Paris, and from various private collections.
Michael Hussar – Gothic Wonderland
Driven by love, hate, sin, redemption and death, Michael Hussar’s oil paintings present the viewer with a contextual maturity that is both confrontational and evocative. Hussar describes his work as «a voyeuristic snapshot of perceived humanity, complete with freaks and fakery; a gothic wonderland illuminating the gray area between truths and lies.» Hussar’s attachment to his paintings runs deep; each piece is a journal of sorts, allowing him to come face to face with his demons and exorcising them with each new stroke of the brush. Hussar’s paintings are in the private collections of Warren Beatty, Francis Ford Coppolla and Leonardo Di Caprio.
Rafael Mengs. Exposición en el Prado

http://www.museodelprado.es/exposiciones/info/en-el-museo/mengs-y-azara-el-retrato-de-una-amistad
Mengs y Azara. El retrato de una amistad
3 de julio – 27 de octubre 2013
La exposición se centra en la relación amistosa entre Mengs y Azara, la afinidad de sus ideas estéticas y su estrecha colaboración artística, así como en su representación retratística, el coleccionismo de Azara y su papel como impulsor de la difusión de la obra de Mengs.
Además de la obra recientemente adquirida, otros ejemplos elocuentes de la amistad entre el artista y su protector son los bustos broncíneos de Azara y Mengs ejecutados en 1779 por el escultor irlandés Christopher Hewetson. También se expone un autorretrato de Mengs (hacia 1761-1765), que coincide con su primer encuentro con Azara y el diseño de la medalla del enlace de los príncipes de Asturias, también expuesta. Otro autorretrato tardío, hacia 1774-1776, que fue el modelo más importante para la difusión de la efigie del artista en España, se transmite, en la muestra, a través de una copia en pastel pintada por Ana María Mengs, hija del pintor, y de una estampa grabada por Manuel Salvador Carmona, esposo de Ana María. Como ejemplos de la afinidad de las ideas estéticas de Mengs y Azara, se presentan un dibujo de Mengs de la estatua antigua deAntinóo como Osiris de los Museos Vaticanos, y una estampa, según un dibujo de Mengs, de una de las pinturas murales de la Villa Negroni.
En 1779 Azara inició unas excavaciones en Tívoli, cerca de Roma. Con el hallazgo de quince retratos de filósofos y poetas griegos y de otras pequeñas esculturas en la denominada Villa dei Pisoni, Azara inauguró su colección de retratos y esculturas clásicos, que al final de su vida llegó a unas 70 piezas. De su colección, hoy repartida entre la Real Casa de Labrador en Aranjuez y el Museo, se exponen los retratos de los poetas Homero y Menandro, del filósofo epicúreo Hermarco y del general ático Milcíades, además un Dacio del Foro de Trajano en Roma y una estatua de Fortuna. También se muestra la Historia de la vida de Cicerón de Conyers Middleton, editada y traducida por Azara e ilustrada con grabados de esculturas de su colección.
La iniciativa de Azara de proteger y difundir la herencia artística de Mengs, se señala en la muestra a través de una estampa de su retrato pintado por Mengs y grabado por Domenico Cunego; una medalla conmemorativa del “pintor filósofo” acuñada por Caspar Joseph Schwendimann, en la que Azara incluyó su propia efigie; las Obras de D. Antonio Rafael Mengs editadas y comentadas por Azara y publicadas en Parma y en Madrid en 1780, y la primera biografía del artista redactada en 1780 por Ludovico Bianconi, ilustrada con una estampa que refleja el homenaje dedicado a Mengs por Azara en el Panteón de Roma, a través de la colocación de un ejemplar de su busto ejecutado por Hewetson.
Finalmente, la amistad de Azara con Napoleón a partir de la misión diplomática del año 1796, se documenta a través de una medalla conmemorativa de oro acuñada en el mismo año por el Senado de Roma en honor de Azara por su negociación del Armisticio de Bolonia, y una medalla con el retrato de Napoleón que conmemora el tratado de Paz de Amiens, que firmó Azara en 1802, en nombre del rey.
Dan Witz. Hiperrealista
Comenzó su carrera a finales de los 70 con artistas tan míticos como Basquiat o Haring, este nunca ha abandonado la calle. El resultado son obras al óleo figurativas hiperrealistas, tratados con maestría y transmitiendo presión, agonía, dolor, gozo…
http://www.danwitz.com/index.php?article_id=52
Lucien Freud
Lucian Freud es considerado uno de los máximos representantes de la corriente figurativa británica de la segunda mitad del siglo XX que ha dado en llamarse la Escuela de Londres. En sus retratos, centrados principalmente en las personas de su entorno próximo, Freud consigue desvelar la vulnerabilidad del cuerpo humano a través de la carnalidad matérica que rezuman sus obras. Hijo de un arquitecto y nieto del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, Lucian Freud pasó su infancia en Berlín hasta que, tras la llegada de Hitler, su familia se vio obligada a emigrar a Inglaterra. Desde pequeño tuvo claro que quería ser artista. Estudió en la Dedham School of Arts and Crafts y posteriormente en el Goldsmith’s College de Londres. Su formación en el clima intelectual existencialista de la Europa de entreguerras le llevó a utilizar su pintura como instrumento de reflexión sobre la enajenación del hombre contemporáneo.
En los años de la Segunda Guerra Mundial volvió a Berlín, donde pudo contemplar las obras de los artistas de la Neue Sachlichkeit (nueva objetividad), como Otto Dix o Christian Schad
Desde. los comienzos de su carrera como pintor, sus obras han tenido siempre como tema central la figura humana representada con una intensidad psicológica muy acusada. En la década de 1950, el estilo un tanto rígido de sus primeras obras dio paso a un lenguaje más suelto, de pincelada más gruesa, más informal. Esta evolución no supuso el inicio de un método de trabajo más rápido, ya que Freud siempre ha sido un pintor de ejecución lenta y meditada, que necesita alcanzar una relación de intimidad con las personas o los objetos representados. Freud valora ante todo el estudio psicológico, que une a un realismo crudo y a unas actitudes desinhibidas que en ocasiones se acercan a lo sórdido. En sus retratos no busca el parecido, sino el reflejo de lo que representan sus personajes, e intenta encontrar la esencia de su personalidad
Entre. 1958 y 1968 expuso con asiduidad en la Marlborough Gallery y desde los años setenta se han celebrado numerosas muestras internacionales de su obra que le han convertido en una de las grandes figuras del arte actual.
























































































